Las tribulaciones del estudiante Törless. Robert Musil

mayo 28th, 2012 § Dejar un comentario

Las tribulaciones del estudiante Törless_Robert Musil

Citas: En la soledad todo está permitido.
¿Hay una ley general según la cual en nosotros existe algo más fuerte, más grande, más hermoso, más apasionado, más oscuro que nosotros mismos?

Cuanto mayor es el aparato crítico que rodea a una novela, mayor suele ser su insoportabilidad. Robert Musil, esa vaca sagrada que entra como elefante puesto de costado en el panteón de los intocables con Las tribulaciones del estudiante Törless (también traducido como Los extravíos del colegial Törless, aunque debiera llamarse Las truculencias del adolescente trastornado Törless), no era ningún bobo y encabezó el libro con la cita de Maeterlinck en la que se excusa directamente por no poder expresar las cosas inefables y misteriosas que quisiera como quisiera. Si me notáis un poco de animadversión, a mí que durante años suspiré por ser tan intelectualmente fatua como el Ulrich de El hombre sin atributos, no es hacia Musil que al fin y al cabo lo que hizo fue escupir su adolescencia para poder dedicarse a otra cosa mariposa (y sin Las tribulaciones del estudiante Törless a lo mejor Hans Castorp nunca le habría pedido a Pribislav Hippe un lápiz en La montaña mágica)sino hacia todos esos señores de corbata que analizan las partes perversas hasta el hartazgo y hasta explicar el Tercer Reich.
Lo que yo rescataría de Törless y lo que único que me gusta del libro (en esa especie de hilvanado secreto difícil de encontrar que también me recuerda a lo que me parece más delicioso de Thomas Mann, los motivos sutiles repetidos) es su descubrimiento de que lo que separa a la madre de la prostituta no es un abismo sino sólo el ocultamiento, el secreto escondido detrás de las claras salas de la casa paterna. Törless sabe, después de que la voz ronca y el olor a establo de muchacha campesina de Bozena le abran la puerta de la luz, que a través del gesto de la madre (ese ser inviolable y sereno) de reírse apoyada levemente contra el brazo del marido en las noches de verano, que ella también disfruta de misteriosos goces secretos y nocturnos. El aroma perfumado que exhala el corpiño de la madre con el que termina Las tribulaciones del estudiante Törless me parece lo más importante del libro. No en vano el olor de Bozena y el olor del seno la madre son los dos únicos olores del libro, junto con el olor dulzón del agua pudriéndose y a polvo viejo del desván donde Törless, Beineberg y Reiting se reúnen para llevar su vida de bandidos, ese espacio maloliente y oscuro decorado como teatro en el que juegan a ser misteriosos y audaces contra lo abierto de la estación adonde acompañan a los padres que vienen de visita o el parque donde Törless se tumba a ver pasar las nubes y pensar en el concepto de infinito. Törless, uno de esos jóvenes hors ligne capaces del éxtasis y del tormento por una frase o un concepto matemático, se encharca en la fangosidad de la crueldad como vía de aprendizaje y no como goce, para intentar desentrañar la diferencia entre lo oculto y dulce, lo que se vive en soledad, y la respetable dignidad y las maneras perfectas de aquella sociedad que nunca olvidaba las formas. Le habría salido más barato en gramos de alma aprenderlo de otra manera, pero chacun sa voie.

Por fuera del libro:
Musil publicó Las tribulaciones del estudiante Törless en 1906, el mismo año en que Ferdinand de Saussure empezó a dictar sus cursos de lingüística general. No es un dato baladí, puesto que para mí ahí empieza la modernidad y la gloria y el derrumbe de Occidente. Poblaban Viena muchos señores de los que no vamos a hablar aquí pero entre los que ciertamente me hubiera gustado haber acampado una temporada. Si decidís embarcaros en El hombre sin atributos, buena suerte. Seguramente nunca lo comentaré aquí.

El libro en alemán

El libro en español

Una referencia bonita

Rayuela. Julio Cortázar

mayo 23rd, 2012 § 2 comentarios

Citas: Tanto sentido tiene hacer un muñequito con miga de pan como escribir la novela que nunca escribiré o defender con la vida las ideas que redimen a los pueblos.
Cuando él se junta con nosotros hay paredes que se caen, montones de cosas que se van al quinto demonio, y de golpe el cielo se pone fabulosamente hermoso, las estrellas se meten en esa panera, uno podría pelarlas y comérselas.

Rayuela, ese mito, ¿es desmontable? Qué importa si se puede visitar a Horacio Oliveira como a un amigo de toda la vida que vuelve después de mucho tiempo y al que se le perdona cualquier cosa, asistir a su me narcotizas inaceptablemente, a su soledad terrible vagadora de emigrante acomplejado por las calles de París, a su soledad terrible vagadora de regresado que no se halla por las calles de Buenos Aires. Rayuela es la novela audaz que leemos maravillados sin entender cuando somos adolescentes, la novela trasnochada con la que resoplamos de ridículo cuando tenemos 30, la novela a la que tapoteamos suavito y con cariño la cabezota como a un perro moribundo cuando somos mayores. Cortázar es un amante antiguo, el extraño del tango de Contursi, y Rayuela a ratos una fiesta del lenguaje y a ratos un juguete roto con el que jugábamos cuando éramos chicos.
Horacio Oliveira no quiere pertenecer o, como él diría, no quiere ingresar, entrar, formar parte, pagar el precio por quedarse del lado de acá o del lado de allá. Y sí, acá y allá son una enorme metáfora. Y sin embargo apoya la ñata contra el vidrio de la pertenencia y se da de cabezazos contra lo que él llama «el territorio». Horacio envilece sus rodeos y sus búsquedas llamándolos fracasos, aunque en el fondo sabe que lo único que sabe hacer es fracasar en sus búsquedas.
Lucía la Maga, una MPDG al uso, aficionada a las papas fritas y a Hugo Wolf y heredera directa de la Nadja de Bréton, (otra MPDG mucho más agresiva y vampírica de la literatura argentina, la Sofía de Pauls, le debe más a la manera de anclarse a la Maga de Horacio que a la Maga), no es más que otra vía para que Horacio se pegue varios de sus batacazos existenciales. El amor de Horacio por la Maga nace después de la ruptura y es más el espíritu de un tango que un amor verdadero.
Rayuela está llena de símbolos, de llaves, de puentes, de gatos perdidos, de espejos y ventanas y cuadros como ventanas o como espejos, de frases deslumbrantes, de piolines y retazos, de corazones que laten como un perro rabioso y palanganas que se llenan de llantos de amor, de mateadas como ritos iniciáticos, de ríos y  por supuesto de rayuelas. Rayuela es una novela para leer con fe, como si todavía fuera posible considerarla un atrevimiento, como si Horacio fuera osado, como si el manicomio de la calle Tréllez no fuera calcado del manicomio de Viaje al fin de la noche, como si Morelli no fuera un Onetti disfrazado, como si personajes como Manuel Traveler y Ossip Gregorovious fueran posibles, como si Pola y su cuarteto de Durrell no fueran cien mil veces más apetecible que esa uruguaya loca que se cruza de vereda para acariciar gatos y clochardes y que ha intoxicado —durante el año que viene hará 50 años— las mentes de jovencitas despeinadas que al leer el libro confundieron el culo con las témporas y la nostalgia de Horacio por su angustia cierta con el amor de un hombre por una mujer.

Por fuera del libro:
La primera vez que leí Rayuela tenía 16 años y pensé que estaba llena de citas encriptadas y me frustraba no conocer todas las fuentes. Desentrañar el universo referencial de la novela no es necesario para entenderla, sobre todo porque el aparato ideológico e intelectual de Oliveira se ha quedado trasnochado: lo que para Cortázar era moderno (Crével, Pierre Boulez, Paul Valéry, Coleman Hawkins, el zen) ahora es clásico, y la guerra intelectual se desarrolla en otros campos menos polvorientos; sin embargo me recuerdo venciendo una por una las batallas de las citas, como si fuera una Maga empeñada en aprender, cuando yo siempre fui igual de descarnada, voluntad desordenada y veleta que Horacio. Ahora que han pasado veinte años y me he cruzado varias veces del lado de acá al lado de allá y ya no me queda claro cuál es el aquí y cuál el allí, ahora que sé preparar tortas fritas como Gekrepten y el jazz que le gustaba a Horacio a mí me aburre por primitivo, os aseguro que mis capítulos favoritos seguramente sigan siendo el 20, el 56 y el 73, como hace esos mismos 20 años.

El libro

Una referencia bonita

Un puente sobre el Drina. Ivo Andrić

mayo 22nd, 2012 § Dejar un comentario

Un puente sobre el Drina. Ivo Andric

Citas: Tales personas, a las que se canta y de las que se habla, son arrastradas velozmente por su destino particular, y tras ellas quedan vivas, en lugar de una existencia realizada, una canción o una historia.

Los adversarios se habían arrancado unos a otros no solamente las mujeres, los caballos y las armas, sino también las canciones y muchos poemas que habían pasado así, de un bando a otro, como un precioso botín.

Andrić en Un puente sobre el Drina cuenta la vida de un puente y la cuenta a lo oriental, si por oriental queremos entender como yo entiendo persa, otomano, yugoeslavo. El paso del Drina en Višegrad se hace por un hermoso, magnífico puente que podéis cruzar con vuestros piecitos verdaderos si os acercáis hasta allí o con vuestros piecitos imaginarios si os leéis el libro donde Andrić construye las leyendas para luego contar su nacimiento y que siempre sean mejores las historias históricas de las que nacieron los cuentos asalvajados sobre las costumbres asalvajadas de esos pueblos que, como él dice, viven luchando extrañamente con sus vecinos desde hace siglos no por creencias, sino por poder, que las leyendas y los mitos que cuentan las abuelas en las noches de tormenta.
El pueblo sólo recuerda y cuenta aquello que puede comprender y transformar en leyenda. Y así, Iamak el barquero, Mehmed-Pachá Sokoli (el niño servio secuestrado que llega a ser visir y yerno de un sultán), el cruel Avidaga, el mártir Radislav de Unichte, los gemelos emparedados Stoïa y Ostoïa, Milan Glasichanin jugando a las cartas con el diablo, el mulá Ibrahim y el pope Nikola, la altiva Fata Osmanagic, el viejo Ielisías y Milé el servidor del molinero decapitados uno por llegar temprano y otro por cantar contento una canción, las desvergonzadas niñeras austriacas que se pasean del brazo de los cabos poblarán también vuestras noches de tormenta si cedéis a la nostalgia de hacer vuestro todo lo que cuenta este libro-río (ah, los labradores de piedra dálmatas).
Los puentes siempre son tentadoramente símbolos, más si se los coloca entre Servia y Bosnia, entre el Imperio turco cuando Turquía era Europa y los austrohúngaros agrimensores-previsores, entre las cosas como siempre fueron y las cosas como empiezan a ser, pero ya os tengo dicho que los libros mejor leerlos como lo que son y dejar las interpretaciones para las cenas con vino. Aún así, me quedo con la imagen del puente de piedra casi inalterable mientras le pasan por debajo y por arriba las estaciones, las corrientes y los años.
La primera vez que leí Un puente sobre el Drina fue en un tren de Estrasburgo a París, hace ya 15 años. Nunca más me olvidé de la kapia, ese ensanche en el puente de piedra donde se reunían a tomar café, a comer pipas de calabaza y a arreglar el mundo circundante los hombres de Višegrad, esa Europa oriental lejana y misteriosa del siglo XVI que sería muy parecida a mi propia tierra en el siglo XVI si no hubieran llegado nuestros austrohúngaros privados disfrazados de Isabel y Fernando.

Por fuera del libro:
Andrić nació en Bosnia de familia croata y luego se declaró servio, que para él era como decir yogoeslavo. En los Balcanes por un quítame allá esas pajas geograficopoliticoreligioso te circuncidaban o te convertían al islam o te empalaban o te cortaban la cabeza y la ponían en una pica sobre el puente, como bien puede leerse en el libro. El servocroata dejó de existir al menos sobre el papel, aunque son el mismo idioma, alfabetos y neologismos forzados aparte. Lo sé porque me lo contó un croata al oído. Miento, por supuesto.
Leed Crónica de Travnik antes de que yo lo destripe aquí.

El libro en croata

El libro en servio

El libro en español

Una referencia bonita

El hombre que pudo reinar. Rudyard Kipling

mayo 9th, 2012 § Dejar un comentario

Cita: Sometimes I wore dress-clothes and consorted with Princes and Politicals, drinking from crystal and eating from silver. Sometimes I lay out upon the ground and devoured what I could get, from a plate made of a flapjack, and drank the running water, and slept under the same rug as my servant.
Crowned Kings we was! And you’ve been setting here ever since.

¿Qué debería ser la vida? Un frenesí. Pues así es todo en este librito. ¿Por qué tendríais que leer El hombre que pudo reinar? Además de porque yo lo digo y porque el lenguaje de Kipling está fabricado con oro batido y turquesas sin pulir como la corona de Sikander y porque es una de las aventuras más atrevidas que se haya imaginado para personaje de novela alguno, ¿qué parte de la historia de dos británicos disfrazados de sacerdotes mahometanos harapientos y locos primero y de salvajes tapados con pieles de oveja después que se cruzan las montañas nevadas afganas para llegar a un territorio en el que no ha entrado occidental alguno en 2000 años para ser reyes con unos cuantos fusiles Martini y el símbolo masón no os convence? Locos que llegan a ser reyes y terminan siendo mendigos suena muy Shakespeare, pero lo mejor de Kipling es que te mete con cuchara las grandes verdades sin que te dés cuenta ni te moleste el sabor de la papilla.
Los ingleses tienen una palabra preciosísima, novella, para referirse a lo que ocupa más que un cuento largo y menos que una novela corta, nosotros no; El hombre que pudo reinar es una novella de ésas, no llega a las 40 páginas. Agarrad y leed. O al menos leed la primera frase: Hermano de un príncipe y amigo de un mendigo si demostrara ser digno. Quizá no os gusten las aventuras, quizá os repugne el atrevimiento y las historias que comienzan en un tren y terminan con ritos iniciáticos. No empecéis a leer entonces, compraros un Paul Auster.
El hombre que pudo reinar es aparentemente una historia festiva de dos canallas (la antítesis de Bouvard y Pecuchet, Lawrence de Arabia —otro inglés asimilado a la colonia— y Sherif Ali trasplantados a lo que fuera Persia, al territorio donde Alejandro empezó a declinar como jefe, Daniel Dravot que reina y Peachy Tagliaferro Carnehan que debió reinar) contada por un ex-canalla, otra historia sobre gente que vive al margen y allí brilla (me he dado cuenta de que sólo me gustan los libros que cuentan historias así, qué le vamos a hacer). Pero. Pero como siempre con Kipling hay muchas cosas escondidas y la vida además de frenesí es un misterio. Conforme pasan las páginas se te estruja el alma y se te queda chiquita y empuñable y quieres abrazar a Peachy y pegarle a Carnehan y viajar a Afganistán. Luego te preguntas si no será todo una inmensa metáfora, páginas y páginas cargadas de mensajes secretos para los que sepan entender. Como épica ya vale, igual que Kim, pero si podéis trazar alquimias a la tercera lectura, mejor.
La primera cita que elegí quizá sea un poco larga, pero es una de las que más me gustan del libro y se refiere a algo que también es de lo que más me gusta del libro: nadie que no hubiera sido el que cuenta podría haber contado lo que cuenta como lo cuenta, nadie que no hubiera sabido mirar habría tenido esos mismos ojos para ver lo que ven (si hay algo que le sobra a Kipling, son ojos). Cuando Kipling se encuentra a Carnehan y Dravot la primera vez es un vagabundo como ellos aunque no sea como ellos. Me refiero a que conoce the politics of Loaferdom that sees things from the underside where the lath and plaster is not smoothed off, sabe, anduvo en los vagones de tercera de los trenes y durmió sobre una estera en el suelo pero no es un pirata como los otros dos. La segunda vez que los ve es editor de un periódico en vez de desastrado corresponsal ambulante (por cierto, Kipling hace una de las descripciones más tranquilamente cínicas del periodismo de siempre jamás) y permite con divertimento y una leve preocupación que esos dos desastres humanos consulten sus mapas. A la tercera todos somos hermanos.
Leed el libro. O al menos ved la película aunque  sea bastante diferente (John Houston y yo tenemos los mismos gustos literarios, se empeña en hacer película muchas de mis novelas favoritas). Y si os dan más ganas de Kipling, leed más libros suyos. Os aseguro que son mejores que la tele.

Por fuera del libro:
Kipling publicó este cuento en 1888. Ese mismo año George Scott Robertson fue destinado al norte de Afganistán, donde conoció algunos kafirs y por eso en octubre de 1889 se internó en sus tierras, intrigadísimo, (por supuesto con el permiso firmado y sellado por el glorioso gobierno británico). Allí vivió más de un año a la intemperie racial y tomó notas que luego contó en un libro muy curioso y muy bonito que se publicó en 1896, el mismo año que el emir de Afganistán invadió Kafiristán, que significa tierra de infieles, le puso Nuristán, que significa tierra de luz, y para ser consecuente con el cambio de nombre obligó a todos los kafirs a convertirse al Islam y quemó sus famosos ídolos tallados, menos unos poquitos que se pueden ver en el Museo de Kabul y en el Musée de l’Homme en París. Os recomiendo leer el libro de Scott Robertson, está escrito como sólo los exploradores ingleses que recorrían e investigaban territorios con esa mezcla de seriedad científica y exacerbado amor por sus monarcas podían escribir, a no ser que no seáis capaces de leer con ecuanimidad y sin escándalo literatura colonialista. Y si vais a Pakistán, podéis ver a los últimos kafirs que ahora se llaman kalash que quedan, tan blancos y tan rubios como en el libro de Kipling.

El libro en español

El libro en inglés

Un enlace bonito

Bajo el volcán. Malcom Lowry

abril 8th, 2012 § Dejar un comentario

Una cita:  What beauty can compare to that of a cantina in the early morning?  Your volcanoes outside?  Your stars – Ras Algeti? Antares raging south south-east? Forgive me, no.
And he’d grown into a man who could shave and put on his socks by himself.
Como el amor y la sabiduría, el ave no tenía sede fija
. 

Dicen que Bajo el volcán es el relato de un descenso a los infiernos; en todo caso sería el relato de un ascenso a los infiernos: quien haya hecho ese paseo sabe que no hay un tobogán divertido hacia lo bajo sino que para llegar al abismo hay que embarrarse en una escalada agotadora y cochina. La aflicción sin origen de Geoffrey Firmin, su frenesí insensato, aunque contenido, no del todo desbocado, casi admirable, su sufrimiento sin base firme, su búsqueda de la oscuridad, su negativa a salir del fango son, y él lo sabe, su manera de agarrarse de manos, pies y boca de la pared vertical por la que sube despacito hacia el infierno. Facilis est descensus Averno, dice Laruelle, que piensa como el populacho que para llegar sólo hay que dejarse caer. Me encanta el infierno. Se me hace tarde para regresar a él. De hecho, voy corriendo, ya casi estoy de vuelta en él, dice Firmin en el capítulo XII, cuando todo está consumado, como conocedor de las sutiles dificultades de llegar a la podredumbre espiritual perfecta. Podría seguir con las metáforas baratuchas pero no lo haré porque para mí Bajo el volcán no es ni un viaje a ninguna parte ni una crónica de alcoholes ni un libro político, sino una historia de desamor que termina como todas las historias de desamor, tirada en un barranco como un perro muerto.
Lo que sí es Bajo el volcán es una sinfonía, o más bien una sonata, con sus doce movimientos bien separaditos y diferentes, cada uno con su espíritu y su letra, sus leitmotiv, sus temas que van y vienen y aparecen de repente enganchados en el transcurso musical con imperdibles (el cartel de la película de Peter Lorre, la vieja que juega al domino, la Virgen de los Desamparados, el caballo con el número 7 grabado en el lomo, el quetzal, los anuncios del doctor Vigil, los versos No se puede vivir sin amar, Might a soul bathe there and be clean or slake its drought?, etc.) Su musiquita va pasando por delante de los oídos del capítulo 1 al 12, aunque el primero es el flashback peliculero que os aconsejo que leáis después de los demás la segunda vez que leáis el libro (sí, la segunda). Y no es que sobre, es que es mejor leerlo después, cuando se sabe todo (los flashbacks deberían estar prohibidos por ley, en la literatura y en el cine, menos en Cumbres borrascosas).
Bajo el volcán se publicó el año que nació mi padre y transcurre el día en que mi abuelo luchaba y perdía en la Batalla del Ebro. Doce capítulos cuyo centro es el 6 (y qué capítulo es el 6, debería obligar a todo cachorro aristocrático veinteañero con ínfulas y guitarra a leerlo), y esos son todos los números a los que haré referencia. Quien quiera conocer las interpretaciones secretas y alquimistas y las simbologías de Lowry que se lea El volcán, el mezcal, los comisarios.
Con qué impiedad se descarna Lowry, con que falta de afecto se desnuda y se mirotea en el espejo para suerte nuestra. Qué lucidez inútil para hablar de su propia destrucción y de su terrible soledad. Como Hugh Firmin, el rescatador de gaviotas, cazador de estrellas comestibles, ese Firmin joven, ese Lowry joven, ese domador de toros y guerras perdidas, o como Hugh Firmin, los dos son Lowry. Qué momentos esos en los que Hugh afeita a Geoffrey y le pone los calcetines o le compra una botellita de habanero para llevársela a los toros.
Si en Las tiendas de color canela me gusta buscar familias cromáticas, en Bajo el volcán me gusta hacer listas de animales (pollo amarrado, perro que los sigue, dos cervatillos sacrificados, dos gatos muertos llamados Edipo y Pathos, un quetzal de cola color cobre, zopilotes, guajolote, cabra, perro llamado Harpo, caballos, perro de lanas blancas, perros callejeros que siguen al cónsul horribles criaturas su misma sombra, armadillo de la niña, gato, alacrán, gallinas, gallos y guajolotes, terrier escocés, más zopilotes, foca, garza, martín pescador, golondrinas, gaviotas, estrellas marinas, cangrejillos, toro domado por Hugh, un gallo de pelea, remolinos de aves verdes y anaranjadas, dos cerditos, aguilucho enjaulado que libera Yvonne, oso hormiguero, dos cacatúas), lista de los alcoholes que se toma Firmin en esas 24 horas, o mi lista favorita: las referencias a los barcos (vapor volandero vagabundo, nave fustigada por la cola del Cabo de Hornos y condenada a no llegar nunca a su Valparaíso). Lowry ama tanto hacer símiles y metáforas con barcos y odas a lo marino como Céline, y pese a la diferencia de estilo en la búsqueda de ahogo (Céline se ancla al salvavidas del asco y Lowry se amarra la pierna a la cadena del ancla antes de que la arrojen al mar para fondear), el respiro del mar, el barco como oasis, el traslado y el océano como posibilidad de cambio o como canción de cuna, ahí anda, en los dos.

Por fuera del libro:
Bajo el volcán no es un paseíto dominical. Malcom Lowry tardó diez años en escribirlo y Raúl Ortiz y Ortiz dos años y medio en traducirlo. Les quedó (a los dos, porque la versión española de Ortiz es una novela que vale lo que vale la original), nada más y nada menos que uno de los libros más arrebatados, musicales y terribles de no sé, si queréis digo el siglo XX. Hay que acudir a él con reverencia y dispuesto al sufrimiento pero con gozo, como a un concierto de Shostakóvich o de Prokofiev cuando todavía Prokofiev no era pop. A Jorge Semprún le gustaba mucho este libro, y esperaba de Lowry que su vida y su obra nos ayuden a destruir la funesta concepción de la literatura como vocación de servicio: que nos ayuden a comprender que un escritor no debe tomarse en serio, que lo único que hay que tomarse en serio es la literatura misma. Y que lo diga él vale más que lo diga yo.
Si vais a Cuernavaca, almorzad en Los Colorines y saludad a la estatua de Humboldt de mi parte.

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El libro en español

Una referencia bonita

Otra referencia bonita

Viaje al fin de la noche. Louis-Ferdinand Céline

marzo 19th, 2012 § 2 comentarios

Citas: Nous ne changeons pas! Ni de chaussettes, ni de maîtres, ni d’opinions.
Faire confiance aux hommes c’est déjà se faire tuer un peu.
Il faut choisir, mourir ou mentir.
 

No sé qué podría decir yo de Viaje al fin de la noche cuando Maël Renouard escribió hace unos años un artículo tan insuperable y hermosísimo (os dejo prometida la traducción). Lo único que puedo contar es por qué me gusta a mí Viaje al fin de la noche, que es de lo que se trata este blog. Me cuesta, porque Ferdinand Bardamu, el protagonista del libro y yo compartimos la manía de largarnos de todas partes y muchas otras cosas que a ninguno de los dos nos resulta agradable ni fácil ni práctico compartir. Las ganas de irse. El exilio como droga. El cambio como promesa. Los barcos como casita para el alma. El ratito en el que aún somos desconocidos en cada lugar nuevo al que llegamos como remanso de paz. Buscar siempre más lejos, más hondo. La rabia, la lucidez, el cansancio que nos producen la mediocridad y la falta de inquietud, el sentido del humor que nace del agotamiento, esta frase:  “Mi corazón, ese conejo, resguardado detrás de su jaulita de costillas, agitado, acurrucado, estúpido.”
El final de la noche es el territorio de Ferdinand Bardamu, y es un territorio geográfico, no es una cuestión de horarios. Lo oscuro adonde nadie quiere ir es el único lugar que le pertenece, o el único lugar al que él pertenece. Él lo dice: no importa lo que hagas durante el día, importa si puedes dormir por la noche. Y él no puede dormir, Bardamu. Él no es como la demás gente que se acuesta sin cuestionarse o intentar comprender, como los que duermen tranquilos como ostras y que cada amanecer se encuentran el pacto que firmaron con la vida renovado automáticamente, el pacto tácito con la brutalidad del mundo, con la mentira inmensa y universal, con la falsedad mutua. Bardamu no soporta el tablero hipocresía sobre el que se juega a la vida tendido en la mesa del desayuno. Bardamu no lleva la cobardía necesaria para seguir viviendo, día tras día, incorporada en los zapatos. Bardamu sabe del cuerpo que se pudre y que se muere y que a veces también goza, el cuerpo siempre dispuesto a seguir con la farsa, la suciedad, el cuerpo dócil donde se guarda el alma dócil. Lo conoce de la guerra, al cuerpo destripado, y lo conoce de su desastrosa carrera de médico, al cuerpo enfermo.
No os llevéis a engaño: Bardamu no es un triste alma errante, es un perro rabioso como pocos, alguien que se duele de haber perdido la esperanza y la fe, un observador lúcido que sabe mirar y al mirar se asquea y anhela un obús que destripe y arregle todos los problemas, un obús-muerte. Pero a veces en su viaje azaroso (el azar elige su destino, porque a Bardamu le da exactamente lo mismo el dónde, con tal de que esté en otra parte) Bardamu se conmueve, cuando encuentra a Alcide, a Molly, a Sophie, cuando encuentra bondades, alguna clase de pureza, amor desinteresado, acordeoncitos que tocan canciones en las sobremesas del verano. Bardamu, en el fondo, es un romántico que no puede ejercer por falta de estímulo, o que sólo ejerce a la vista de unas piernas bonitas o de un corazón vulnerable.
Viaje al fin de la noche es un libro para reírse a carcajadas y para llorar de tristeza por lo triste que es la humanidad a partes iguales, os prohibo que no hagáis las dos cosas. Si os da por la intelectualidad, podéis reflexionar sobre Eros y Tánatos; si os da por la francofilia, podéis hacer paralelismos cínicos entre el Robinson de este libro y el Pangloss del Cándido de Voltaire; si os da por la lingüística, ésta fue la primera novela que alguien se atrevió a escribir en lenguaje coloquial y usando argot como si le fuera en ello la vida; si os da por el viaje, nadie más inspirador que Bardamu que se va de África a Nueva York en una galera. La primera parte del libro es una de las visiones más terribles sobre la guerra que se hayan escrito, a pesar de los generales enamorados de los rosales y de Barmadu jurando nunca más pisar el campo en lo que le queda de vida.
Si podéis, leed la histórica traducción de Carmen Kurtz (es la que leí yo en la biblioteca de mi pueblito, muchos años antes de tener el Céline verdadero en la edición bolsillo de Folio). Ya sabéis, comprada de segunda mano. La de Manzano que os dejo aquí no me gusta un pelo. Esta semana me he leído los tres libros así que hablo con sacrificado conocimiento de causa, pero no abundaré en mis quejas sobre los traductores modernos que ando escupiendo en blogs ajenos.

Por fuera del libro:
Céline dio muchos más tumbos geográficos en la vida que Bardamu, quién sabe si huyendo de las mismas cosas o persiguiendo las mismas cosas. Pero los tumbos los dio, así que los bichos y la disentería africanos y Broadway como restaurante de sueños rápidos, la Alemania de preguerra, fueron suyos antes de que fueran de Ferdinand.
El editor de Céline, Robert Denoël, fue asesinado por las mismas fechas en que Céline huía de Francia después de la guerra, hasta que fue detenido por colaboracionista y por exacerbado panfletario antisemita en Dinamarca, aunque regresara a Francia en el 51 donde siguió escribiendo para Gallimard. Muchos no leyeron a Céline por su ideología, lo que es una lástima además de una soberana estupidez. Viaje al fin de la noche es un libro obligatorio para todo aquel al que le duela, aunque sea un poquito, estar vivo.
Que Robinson y Bardamu terminen trabajando en un manicomio para mí que le sirvió a Cortázar para terminar su Rayuela, igual que la Nadja de Bréton le sirvió para empezarla. Pero ésa es otra historia.

Las partículas elementales. Michel Houellebecq

marzo 11th, 2012 § 2 comentarios

Las partículas elementales. Michel Houellebecq

Cita: Il est vrai qu’il avait toujours eu tendance à confondre le coma et le bonheur.

Las partículas elementales no es un libro, es un catálogo, y Houellebecq no es un escritor, es un vendedor de mala mercancía. Los que amen a este señor que escribe como si escribir fuera descongelar una pizza, pueden dejar de leer ipso facto. Los que no lo hayan leído todavía, concédanle la oportunidad de que los decepcione y luego vengan a vomitármelo encima, recibiré su asco encantada.
Todos tenemos basura en casa. Cada uno tiene sus propias maneras de deshacerse de ella. El estilo del señor Houellebecq para deshacerse de su basura es meterla en una bolsa que ni siquiera se trajo del supermercado, sino una bolsa que se encontró en un basural, rota, sucia, descolorida, dejarla en el cubo cinco días y luego, cuando le apesta la casa, colocarla en la puerta del vecino para que él se encargue de tirarla. Y a esto lo llaman provocación, cuando el señor Houellebecq no es capaz de provocar ni a una monja clarisa, porque la escritura del señor Houellebecq no tiene corazón ni tiene alma y ni siquiera es lo suficientemente buena como para poder permitirse ser desalmada o descorazonada. Las partículas elementales, escrito por un Céline o por un Gide, sería un verdadero dolor, una verdadera patada en los huevos morales, sería literatura: basura elegantemente embolsada aunque lo suficientemente abierta como para impregnarte el alma de horror. El libro de Houellebecq no despierta angustia sino aburrimiento, el mismo aburrimiento que angustia a sus protagonistas (que el trastorno metafísico de unos personajes nazca del aburrimiento ya da una medida de su profundidad). Lo único que provoca Las partículas elementales es esta inquietud: si Houellebecq es el que conmueve e interesa a la masa y hace crecer dentro del sistema las dudas sobre el sistema, ¿qué será de nosotros?
Imagino que Houellebecq quería que el lector al leer se preguntara: ¿Al final era esto, la vida? ¿Para esto era, la vida? ¿No era sagrada, la vida? ¿Dónde quedó la belleza? ¿Dónde el respeto si no por la trascendencia, al menos por el dolor? ¿Dónde queda la grandeza? Lo consigue pero por carambola, por pena infinita hacia él. ¿Es lo que él cuenta, la vida? Déjenme pensar que no, déjenme que conserve el triste gramo de fe que me queda.
Houellebecq no sufre, está anestesiado, como Michel Djerzinski, como Bruno Clément, los medio hermanos protagonistas que sufrieron en vano. El sufrimiento siempre es en vano, podrían decirme ustedes. También es en vano el hedonismo para microondas envuelto en plástico de Bruno. También es en vano la ataraxia científica tan poco científica de Michel. Para Michel tener una crisis definitiva es pasar cinco días recluido en la cama contemplando un radiador de agua. Cuando se pasa el malestar existencial porque llega el hambre, se cruza al supermercado y se compra salami y una caja de botellas de vino y hala. Ni menciono la salida ciencia ficción por peteneras porque me da la risa. Y si lo que escribe Houellebecq es pornografía yo soy la reina Palmira.
Las mujeres de este libro son grandiosas, desaprovechadas, inteligentes, sensibles, enfermas de cáncer y suicidas, normal si se considera que los hombres las tratan como a sacos de humores que al contrario que la literatura de Houllebecq para valer sí deben presentarse dentro de bolsas hermosas. Las mujeres de este libro son penetradas por otros, porque a los protagonistas no les llega ni la vida ni la energía ni el impulso porque no tienen corazón, no tienen sangre, están tan poco vivos como el canario de Djerzinski.
Casi que siento que en vez de Las partículas elementales Houllebecq no haya escrito verdaderamente el libro de Bruno sobre la isla habitada solo por mujeres desnudas y perritos alegres donde los árboles dan fruto todo el año y lo hubiera titulado La posibilidad de una isla.

Por fuera del libro:
Cuando a Houllebecq le dieron el Goncourt por El mapa y el territorio, me preocupé por la salud de Bernard Pivot. Que un país en el que el amor por el idioma es identidad se rinda ante la escritura de alguien que trata con tan poco respeto a ese mismo idioma, me turbó. Que Houllebecq sea considerado enfant terrible me indigna, porque aunque sus inclinaciones u opiniones personales fueran realmente escandalosas (solo lo son porque  la corrección política cada día ajusta más los cordones del corsé), lo que importa son los libros que escribe. Un novelista inglés del que un día hablaremos dijo de este libro que es caza mayor y no disparzuchos contra conejitos. No creo que haya visto demasiados leones, rinocerontes y leopardos en su vida.

El libro en francés

El libro en español

Una referencia bonita

El enamorado de la Osa Mayor. Sergiusz Piasecki

marzo 3rd, 2012 § Dejar un comentario

El enamorado de la osa mayor_Piasecki

Citas: —¿Por qué dices que no son de fiar?
—¡Porque son demasiado bien educados! Continuamente dicen: «lo que usted diga, señora», «ahora mismo, señora». Tienen que ser nihilistas o intelectuales.

El El enamorado de la Osa Mayor es un libro sobre la clase de libertad que más esclaviza: la de que todo te sea indiferente. ¿Habéis visto The hurt locker? Esa película que trata de los que no son capaces de vivir vidas ortodoxas y ordenadas, de la adicción al peligro. El enamorado de la Osa Mayor habla de esos mismos, de los que eligen vidas de pirata, de los seducidos por las fronteras, de los que abandonan las casas bien caldeadas y las mesas con mantel por andar sueltos por los bosques llenos de lodo y frío, guiándose por las estrellas y enardecidos y valientes para protegerse de lo mismo que necesitan vivir con ansia: la posibilidad de morirse al alcance de la mano. Esos que tienen que forzar su mirada fría y profunda, de loco, para hacerla dócil y no asustar a los que tienen vidas tranquilas, esos que no le ven la gracia a que el hoy tenga un mañana. Pero lo dice mejor Piasecki:

Qué difícil y peligroso es el trabajo del contrabandista. Pero sentía que me costaría mucho abandonarlo. Tenía para mí la fuerza seductora de la cocaína… Me tientan nuestros misteriosos viajes nocturnos. Me resulta atractiva esta guerra de nervios y el juego con la muerte y el peligro. Me gustan los retornos a casa tras expediciones lejanas y arduas. Y después: el vodka, los cantos, el acordeón, las caras alegres de los muchachos y de las muchachas… que nos quieren por nuestro dinero, por nuestra audacia, por nuestra alegría.

En El enamorado de la Osa Mayor podéis aprender cómo cazar liebres con rapé y osos con engrudo, a cruzar de Minsk a Rakov (antes era cruzar de Rusia a Polonia y ahora es cruzar de Ucrania a Bielorrusia) dejando a la Osa Mayor a vuestra derecha, cómo atravesar un alambre de púas llevando un petate con 50 libras de contrabando encima. Conoceréis a hombres a los que apodan el Cometa porque cuando pasó el Halley lo vendieron todo y se bebieron las ganancias, a ladrones que se vuelven cuidadores de gansos por amor, a contrabandistas llamados el Mamut enmudecidos y sollozadores cuando canta el Ruiseñor (no el pájaro sino otro contrabandista al que llaman así por su preciosísima voz), a los perversos hermanos Alińczuk, a mujeres que se cuelgan de un peral para salvaguardar su honra, a espías que se hacen pasar por locos cuando los encierran en la cárcel.
Władek tiene 22, 23 años cuando empieza a cruzar la frontera con los contrabandistas. Le explican cómo guiarse siguiendo siete estrellas que forman un dibujo en el cielo. En su vida de peligros la constelación será, entre las tantas mujeres que pasan por sus brazos, la única compañera suya y sólo suya. Aún no sabía su nombre pero ya la amaba mucho, dice. Władek se hace amigo de Pietrek el Filósofo sólo porque es el único que no le dice que la constelación tiene forma de oca o de cacerola, así aprende que se llama Ursa Maior, y en secreto le pone nombre de mujer a cada una de sus estrellas. ¿No es conmovedor que un contrabandista feroz diga que las siete estrellas de la Osa Mayor y las siete balas de su pistola son sus dos amigos más excepcionales? Si eso no os conmueve es que no tenéis alma.
Mis momentos favoritos de El enamorado de la Osa Mayor son: cuando canta el Ruiseñor y llora el Mamut; cuando los contrabandistas se visten con corbatas de seda de colores poco combinables y chalecos tornasolados o con flores doradas para ir al baile de Saszka, el rey de la frontera (estos contrabandistas me recuerdan tanto a los ladrones de Tuñón); cuando después de que Bombina le dice a Władek que se llama Leonia, como él bautizó a la séptima de sus estrellas, pasan de ser amantes asalvajados a tratarse con cariño; cuando el Rata y Władek están tan borrachos que se acompañan uno a casa del otro durante toda la noche; cuando el gato naranja sin cola pasa una semana con Władek en la cabaña de corteza que construye para guarecerse.
Hay mucha jerga en este libro áspero, tierno pero fiero, construido con una literatura tosca y hermosa y verdadera. Por eso a los dos señores dos traductores dos de este libro en la edición de Acantilado que presume de ser la primera traducción directa del polaco, habría que decirles que para ese viaje se podrían haber dejado las alforjas en casa y haberlo traducido del chino, que ni un diablo solo ni un fantasma solo pueden pulular, que expresiones como papear, cortarse la coleta, hacerse el chulo, va que chuta, ganar guita, ser la hostia, darle al pimple, no quedan muy bien en boca de contrabandistas polacos de los años 20 y que decir espíritu de vino en vez de alcohol puro o etanol denota suprema tilinguería. La única otra traducción al español es del señor José Farrán y Mayoral (que tradujo a Emerson, Huxley, Merimée, Thomas Mann, Musset, Las vidas de Vasari que deberíais leer ya) publicada por Ediciones del Zodiaco, por Plaza & Janés y Círculo de Lectores y la encontráis en cualquier lado por nada, incluso en internet, incluso muerta del aburrimiento en la biblioteca de vuestro pueblo. Así traducida la leí yo la primera vez El enamorado de la Osa Mayor cuando era adolescente y otras dos veces más como legítima propietaria: una en Granada, con portada verde (me la robó un señor que por otro lado no leía un libro ni aunque se lo pegaran con cinta delante de la cara) y otra comprada en la cuesta de Moyano, añil con estrellitas, que ahora está dentro de una caja dentro de un ropero dentro de la lejana casa de mis padres. Leed la traducción de Farrán y Mayoral y me contáis cómo está. Anda.

Por fuera del libro:
Piasecki se inventó su biografía, la rodeó de misterios y falsificó todos sus papeles, cómo si le hiciera falta. Bastardo polaco criado en casa de padre ruso con madrastra malvada, en 1917 tenía 16 años y lo que vio en Moscú durante la revolución lo convirtió en anti-bolchevique para toda su vida. Empezó a cruzar la frontera como miembro del servicio secreto polaco y así se hizo contrabandista. Traficó con cocaína y pieles. Fue condenado a muerte por robo (su pena le fue conmutada por los servicios prestados) y en la cárcel aprendió a escribir polaco leyendo la Biblia y los periódicos. Su libro se hizo tan famoso en la Polonia de entreguerras que el Presidente tuvo que indultarlo. Mi amadísimo Witacky le pintó un retrato. Durante la Segunda Guerra fue miembro de la resistencia polaca, y tan audaz y temerario en sus misiones como Władek en el libro. Luego vagó por Italia, y terminó en Inglaterra donde siguió escribiendo libros que nos gustaría mucho leer.

El libro en polaco

El libro en español (traducción infame)

Una referencia bonita

Orgullo y prejuicio. Jane Austen

febrero 25th, 2012 § 1 comentario

Orgullo y prejuicio_Jane Austen

Citas: For what do we live, but to make sport for our neighbors, and laugh at them in our turn?
I was sure you could not be so beautiful for nothing! 

Por qué me gusta Orgullo y prejuicio: porque al asno de mi corazón a veces le encanta la miel, porque leer una historia de amor es la mejor manera de lavotearse el cinismo. La misma Jane Austen dijo que era una felicidad que los buenos terminasen juntos y es cierto, a veces basta con que los buenos de la historia terminen juntos. También porque me parecen un prodigio los diálogos entre Lady Catherine y Elizabeth (me hacen recordar a Albert Hackett y Frances Goodrich), el sarcasmo derrotado y cruel del señor Bennett, el retrato preciso e hilarante de los personajes ridículos, el mundo tan constreñido de pequeñas cosas en el que saber cuántos caballos conducen el carruaje de una persona o cuántas plumas y de qué pájaro llevaba una señora en el sombrero te daba una idea de su lugar en el mundo.
Charlotte Brontë dijo que las pasiones eran completas desconocidas para Jane Austen, y seguramente sea cierto. Pensemos. Elizabeth Bennett (una de las muchachas insustanciales más encantadoras de la literatura) no se enamora de Fitzwilliam Darcy hasta que se pasea por sus predios y atraviesa el umbral de su impresionante casa, ese mítico lugar llamado Pemberley. Lydia Bennett huye con Wickham no por pasión arrebatada sino porque es una cabeza hueca. El amor de Bingley y Jane comparte el mismo grado de vehemencia que una lata de tomate (sin abrir). El único que demuestra tener algo de sangre y triperío es el propio Darcy (que por otro lado en la novela se limita a ser perfecto objeto de deseo y pasear su allure orgullosa de rico heredero a caballo), quien al enamorarse violenta y ardientemente es capaz de cualquier cosa, incluso de mejorar que es más difícil que matar un dragón o cortarle la cabeza a Medusa. La historia de Elizabeth y Darcy es como un baile larguísimo, como esos que se bailaban en la época y que en la novela son grandes acontecimientos que marcan fecha en la vida de las jovencitas en flor que necesitan encontrar marido: ahora me acerco, ahora me alejo, ahora la figura del baile exige que baile con otro, ahora reconsidero mi manera de comportarme, ahora me sonrojo, ahora bajo los ojos, ahora me nace un sentimiento. Y de eso sí entiende Jane Austen a fuerza de enterrar en el corsé social las pasiones, de sentimientos tibios nacidos de la desesperación de estar obligada a vivir aparte del mundo de los hombres aún compartiendo los mismos espacios.
Nunca escuché a un hombre vivo hablar de Orgullo y prejucio, sí los he oído hablar de Paradiso o de El corazón de las tinieblas. Creo que miran este libro de reojo y lo agarran con la misma prevención con la que agarrarían una caja de tampones. ¿Es porque Orgullo y prejucio es una novela presuntamente sentimental ergo femenina? ¿Es porque las mujeres, todas, en algún momento de nuestra vida nos hemos enamorado del señor Darcy, ese hombre que se vuelve una mejor versión de sí mismo para agradar a su exigente amada? No lo creo. Creo que es porque Jane Austen escribe sobre un mundo tan pequeño que podría llamarse doméstico (su famoso trocito de marfil), en el que las grandes preocupaciones eran bodas, herencias, un lazo nuevo para el sombrero o el vestido, y eso, para los hombres, es como que una observadora aventajada describiera el harén de paredes invisibles en el que la tuvieron encerrada toda su vida. Por suerte de Jane Austen sí hablaron algunos de mis hombres muertos preferidos, mejor léanlos a ellos.
Hay muchísimas ediciones de Orgullo y prejuicio en español, Jane Austen está libre de derechos. Tengan cuidado con las traducciones, hay algunas terribles. Abran y miren la primera frase, la más famosa de la literatura inglesa, así se hacen una idea de los pavores o de las maravillas que les esperan. Yo les dejo una incómoda de leer por el formato, quizá demasiado modernizada pero bastante buena. O consideren la opción de aprender inglés.

Por fuera del libro:
No les hablaré ni de Colin Firth chorreando agua en la versión que hizo la BBC en 1995 ni de Keira Knightley paseándose con botas debajo del vestido en la película pop del 2005 en la que Donald Sutherland aparece tan convenientemente despeinado. Les hablaré de los dos hermanos de Jane Austen, Francis y Charles, que estuvieron en las guerras napoleónicas y fueron almirantes de la Marina Británica y de lo que Lord David Cecil escribió:  “Si dudara de la inteligencia de alguna de mis acciones no consultaría a Flaubert o a Dostoievsky.  La opinión de Balzac o de Dickens pesaría poco en mi ánimo; si Stendhal me reprendiera, sólo me convencería más de que hice bien; incluso en el juicio de Tolstoi no depositaría mi confianza completa. Pero me quedaría seriamente disgustado, me preocuparía durante semanas y semanas, si incurriera en la desaprobación de Jane Austen.” Me gusta pensar que esos señores con casaca que habían visto cosas terribles se medían si se comportaban en una gentlemanlike manner en la mirada de esa chiquilla que era su hermana.

El libro en inglés

El libro en español

Una referencia bonita

Sudeste. Haroldo Conti

febrero 24th, 2012 § Dejar un comentario

Sudeste_Haroldo Conti

Una cita: A veces sucede esto con los motores. Uno le pasa el clavo a otro. Todos ganan un poco, menos el que intenta ponerlo en marcha.

Quería hablar de Alrededor de la jaula que es la novela de Conti que más me gusta, pero no hay versión digital así que les hablaré de Sudeste, ese libro lento pero torrentoso como el delta del Paraná en el que transcurre. Me gustan los libros que hablan de algún río como si fuera persona. Me gustan los libros que dicen que al río hay que conocerlo para que no nos traicione y que no sería traición suya sino desconocimiento nuestro que nos llevara consigo. Porque el río siempre está de paso, quizá por eso la gente que vive a sus orillas es tranquila y permanece siempre quieta dejándose pasar por encima los cambios de estación, recibiendo el agua del río y las historias que arrastra el río y los peces que viven en él. Para qué penar, para qué vagar, ya se encargan el arrastre y el barro y las barquitas y los botes (que tienen siempre su propio nombre y su propia leyenda) de conmover las historias hasta que llegan a las puertas de las casas de las riberas. Me gustan los libros que hacen símiles animales, como si el autor hubiese pasado mucho tiempo en el campo observando conductas cuadrúpedas (como el caballo mañero que adivina al que lo teme y lo voltea, dice Conti). Me gustan los libros con protagonistas acabados y perdidos antes de empezar. Me gustan los libros que hablan de pescadores que se ponen tristes al matar los peces que pescan, pescadores que aman a sus presas, del fuego como compañía, de los que aman más a un barco o a un perro que a los otros hombres. Me gusta mucho cómo escribe Conti: seco, contenido, preciso, capaz del adjetivo sorprendente y perfecto, pulido hasta el desgaste y aún así elástico y borracho de sentimentalidad, capaz de crear frases como camisas de fuerza para sostener y dibujar lo insostenible que ocurre aún dejándote espacio de sobra para ver, dueño de sus palabras.
Sudeste es la dirección desde la que sopla el viento en el Delta del Paraná cuando llegan las tormentas terribles que hacen subir las aguas y que el mar devuelva todas las porquerías. En Sudeste el Boga vive una vida plácida, decir sin pretensiones sería ya una pretensión. Conti pinta la relación que el Boga tiene con el Viejo (una de las cosas más bonitas del libro) en unas cuantas líneas magistrales. Cuando el Boga deja de llevar vida de cortador de juncos y elige marcarse su propio rumbo, o más bien seguir el rumbo que el río le marque, parte con la navaja del Viejo y se deja enfangar, mecerse, se mueve por el río siguiendo al dorado, al pejerrey, al bagre. Y así, con su barca remendada y mítica, va dejando pasar la estación hasta que pierde el interés en otra cosa que no sea eso de vagar de un punto a otro. Me quedo con esas partes del libro en las que el Boga rema contento, planea cazar nutrias, armar una vela para su barco, encuentra el Aleluya, antes de que lo vea todo desde una increíble y fatigada distancia, o asista a la propia vida como desde lejos, incapaz de hacer un esfuerzo. El Boga termina en una espléndida soledad, como el río. Pero no me hagan caso, en medio de sus vorágines mejor lean ese cacho de la vida del Boga con su dejadez absoluta y su absoluta confianza en la providencia del río, les dará alegría estar sentados en un lugar mullido y no tener que ir a pescar un bagre para la cena.
Si no están en Argentina como para comprar el libro de segunda mano (éste es otro de esos libros que han pasado de editorial en editorial como un estorbo, desamorados), Emecé y Bartleby lo han reeditado con sendas portadas horribles.

Por fuera del libro:
Conti tiene resabios de escritores que me gustan mucho (Faulkner, Onetti, Hemingway, Quiroga, Dylan Thomas), pero es sí mismo y se basta para calificarse. Lo malo de los grandes escritores como él que han sido asesinados por una causa es que su literatura termina siendo una cuestión política y se los ignora fuera de ese contexto. Sus cuentos y sus cuatro novelas son cosas increíbles, léanlos antes de que yo se los destripe aquí.

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